La violencia sexual puede dejar heridas profundas que afectan la forma en que una persona se relaciona consigo misma, con su cuerpo, con los demás y con el mundo. Sus efectos no siempre son visibles, pero pueden manifestarse en forma de ansiedad, miedo, culpa, desconexión emocional, dificultades en las relaciones íntimas o una sensación persistente de
inseguridad.
Cada experiencia es única, y también lo es la forma en que se transita su impacto. En muchos casos, puede pasar tiempo hasta que se pone en palabras lo vivido, o incluso hasta que se reconoce como una agresión. Por eso, es fundamental que el acompañamiento terapéutico se realice desde la sensibilidad, la escucha atenta y el respeto absoluto por los tiempos,
límites y necesidades de la persona.
La terapia puede ser un espacio ideal donde las personas que han sufrido algún tipo de violencia sexual puedan avanzar hacia una mayor integración de las experiencias traumaticas. El trabajo no consiste en revivir el trauma, sino en encontrar nuevas formas de estar consigo mismas desde el cuidado, el respeto y la comprensión de lo vivido.