Las experiencias que vivimos en la infancia y en etapas tempranas de nuestra vida tienen un impacto profundo y duradero en la manera en que nos relacionamos con los demás y con nosotr@s mism@s. Estas experiencias, especialmente aquellas relacionadas con el apego, pueden dejar heridas emocionales que afectan nuestra autoestima, generando inseguridades, miedos profundos como el temor al abandono, y dificultades para confiar plenamente en quienes nos rodean. Estas cicatrices invisibles pueden influir en la forma en que construimos nuestras relaciones personales y en cómo percibimos nuestro propio valor.
Al iniciar un proceso de terapia partimos de la base de que sanar estas heridas no es un proceso lineal ni rápido, sino un camino que requiere un trabajo cuidadoso y pausado. Desde esta perspectiva, podemos acompañar a la persona a explorar y comprender sus patrones emocionales, favoreciendo su capacidad de reconectar con su mundo interior y ayudando a desarrollar nuevas formas de vincularse, más saludables y satisfactorias. Técnicas especializadas como el EMDR facilitan este proceso, permitiendo procesar y transformar experiencias dolorosas para recuperar el equilibrio emocional y fortalecer la confianza en uno mismo y en los demás.